viernes, 28 de agosto de 2009

Otro saludo de Federico Pescetto

Muchos amigos que me han contactado me preguntan de mi vida.

De ésta. ¿Qué decir?

¿Qué poner en el blog o en un e-mail para hacer conocer a los amigos algo de mi existencia ?

Me preguntan: ¿Cuándo vuelves ?


Yo vivo en Génova en una casa frente al mar y contemplando por las noches las luces de los barcos afloran a mi mente recuerdos de otro mar y otra tierra muy lejana - pero muy cercana al corazòn...

En mis meditaciones nocturnas a veces pienso a la figura del Abate Ignacio Molina que muy jóven tuvo que salir de Chile - a raíz de la expulsión de los Jesuitas - y que vivió por largos decenios en Bolonia, en tierra itálica.

Éste pronunció una frase que ha resonado solemne en el reloj de la historia de nuestra patria:

"Solo saben lo que es Chile, quienes lo han perdido"

¿Volver o no volver?

Yo sé y siento que no veré nunca más mi tierra natal.

Prefiero conservar los recuerdos de ese mundo feliz de mi infancia y adolescencia, que se han mantenido siempre vívidos y nítidos, frescos, perennemente verdes y con un perfume de juventud.

Retornar después de cuarenta anos sería traumático.

Todo ha cambiado radicalmente, y caminaría por las calles que vieron mi juventud como un extranjero...

No -

Yo prefiero recordar el Chile Eterno, ese Chile de las cosas simples y esenciales:

las soledades del desierto nortino, el vaivèn de los maizales de Colchagua en tardes de viento, las dulces nieblas de mañanas otoñales en Chiloé, el galope libre de los caballares en los campos de alfalfa en Talca, el azul de los lagos del Sur y el verde de la vid en el Valle Central, los volcanes cubiertos de nieve, el "olor" del mar en Con-Con, las viejas casonas del Cerro Alegre en Valparaìso, las brisas primaverales en el Parque Forestal de Santiago que jugueteaban maliciosamente con las polleras de las muchachas, y sobre todo la Estrella Solitaria de la Bandera de la Patria que altiva y orgullosa flamea en el azul del cielo de Septiembre...

Vivo sereno y feliz en esta Bella y Vieja Italia de mis ancestros, pero en un rincón de mi memoria me acuerdo que cuando el ya citado Abate Molina entró en las febriles horas de la agonìa pedía "agua fresca de la Cordillera chilena".

Un día lllegará mi hora final, a la implacable blanca dama de hielo de la muerte, pediré no agua, sino que un vaso de vino tinto del valle encantado de Apalta, de las vides de la más pura tierra de Colchagua en el corazón de la huasería chilena...

Un abrazo muy
estrecho -


Federico Pescetto

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